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El poder es un gran bicho cínico inclinado a servir al más sinuoso de los rapaces. Los que lo ejercen se regodean al constatar su juego sibilino, el presentar como prioridades de interés general lo que serán delitos de provecho particular. Y deslindados los ejecutivos de la abstracción que es el poder, se desprenden del ropaje  de vándalos y nos atenazan con leyes que parecen necesarias para controlar a los corruptos, terroristas y otras especies indeseables.

Y la realidad parece escindida, dual y nunca identificable. Difícil de dirimir en este maniqueísmo impostado quién es quién. Para acabar asumiendo que las leyes, que nos atenazan, son necesarias, lástima que no para quienes las sufren de hecho, que son los siempre controlados e indefensos, sino para los que las crean, que son los que las quebrantan y los que haya o no leyes seguirán actuando impunemente según su interés particular.

Los ciudadanos que se mantengan de un trabajo con nómina, una casa hipotecada o en alquiler  y llegue a fin de mes como se viene al mundo, casi; esos seguirán fiscalizados hasta el punto de tener que presentar los tiques de caja de los rollos de papel higiénico; ya se sabe por aquello del blanqueo de dinero; no tendrán derecho, de facto, a alquilar piso si no tienen un trabajo indefinido, de esos que todos rechazamos hasta encontrar el idílico,…

Así, con este panorama no queda otra manifestación que denominar bicho cínico al poder que por naturaleza solo puede ser ejercido por sujetos equivalentes a él, aunque dispongan del recurso engañoso de despojarse del disfraz y presentarse ante los ciudadanos como gobernantes honrados. Esta versión fabulada debe ser verosímil si atendemos al fenómeno del Partido Popular en los últimos años. Creo que no hay politólogo que sepa dar una explicación razonable. A lo sumo, constatar cómo el miedo y la manipulación pueden ser armas eficaces, sobre todo si los opositores no son muy hábiles.