Libres desde la soledad

Un comentario

La Libertad, como autonomía de la propia voluntad, exige una serie de condiciones para poder ser ejercida. De la misma manera que no puedo elegir donde, de hecho, no hay elección, tampoco puedo elegir donde mi voluntad se muestra vacía, se niega a sí misma, porque su falta de fortaleza no la mueve hacia objeto alguno.

Como sujeto de decisión necesito una voluntad firme, capaz de discriminar, de elegir lo que quiero y lo que de ningún modo quiero. Ajena a la indiferencia que provoca la debilidad. Por ello, hacer de mi querer auténtica voluntad exige mirarme a mí mismo. Encontrarme sin miedos, ni tapujos, con los fantasmas internos. Sostenerles la mirada, reconocerlos como lo que son: miedos del pasado proyectados indiscriminadamente. Ese discernimiento, ese encuentro con lo que soy, sólo puede darse en soledad. Esa soledad que se impone como el único espacio donde yo puedo aparecer desnudo, con mi única presencia, tocando lo más genuino, sin enjuiciarlo moralmente. Esa soledad que me permite el reconocimiento de mis más recónditos sentimientos y temores. Ese íntimo espacio desde el cual puedo construirme a base de elegir continuamente: Lo que quiero de mí y lo que no quiero –aunque siempre habrá aspectos a aceptar y asumir porque son parte de mí-

Soledad no es sentirse solo. Quien se siente solo lo que experimenta es abandono e indiferencia por parte de los otros. Esa soledad no es fructífera si se impone como una constante en la vida. Aunque, bien es cierto que, todos tocamos en algún instante ese sentimiento de abandono. Tal vez esa opacidad con sabor amargo sea necesaria en ocasiones para aprender a estar solos, y apercibirnos de que nuestro yo profundo únicamente puede emerger desde la soledad más cruda.

Sin la soledad, nos vaciamos de nuestro yo, nos volvemos camaleones buscando la propia identidad. Nos despojamos del referente privilegiado –el yo- para ir ejerciendo la propia libertad. Esa que anhelamos, como si fuera un vuelo fácil, pero que despreciamos cuando no podemos sostener la propia soledad.

La auténtica libertad sólo puede ser hallada allí donde podemos reconocer la soledad como su condición de posibilidad.

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