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Acudir al Tanatorio como forma de despedida a quien realizó su último gesto humano que fue morir, con la consciencia de que era morir lo que hacía, es una acto social necesario tal vez para los que amaron al difunto y un postureo hipócrita para los que se presentan por mera formalidad.

Los días que trascurren entre el fallecimiento y el entierro o la incineración parecen apropiados para que las personas, que sufren realmente la pérdida, tengan un cierto margen de despedida física y puedan ir elaborando posteriormente la despedida mental. 

Para los amigos, que por empatía y por solidaridad les acompañan en esos momentos al Tanatorio, son siempre una recuperación de aquellos a los que despidieron a los largo de su vida, aunque fuera siempre en condición de allegado. Le vuelven a la mente rostros de un dolor insondable, auténticas tragedias, personas desesperadas que han visto impotentes morir a un hijo, un padre o una madre cuando se es un niño y que nunca tendrán una respuesta que aminore su dolor porque no la hay. Tras esa ristra de llanto incontenible, quien acude como allegado y con el paso del tiempo se imagina el día en que sea él, la víctima de la parca. De cómo le gustaría que no hubiera formalismo, que fueran las personas que realmente sintieran afecto por él o por los suyos. Le agradaría un acto breve, con música clásica de fondo y lectura de fragmentos de algunos filósofos, para acabar con un breve texto del Evangelio que versara sobre este mundo, no sobre la otra vida.  Sin sacerdotes que oficien, sin ningún tipo de rito religioso. Y que dijera unas palabras quien lo deseara, sin censuras ni tapujos.

Después una incineración y a disolverse en el mar. Sin posibilidad de epitafios, volviendo a no-ser, como en el origen.

PD: De los formalismos impostados prescindo, porque no me apetece hablar