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Una cicatriz del pasado es un episodio que dejó de supurar dolor, siendo una señal o impresión que resta en el ánimo por algún sentir. Pero no hay que olvidar que son heridas bien curadas, cerradas. El sufrimiento proviene de las llagas añejas o recientes cuya descarnada sangre borbotea sin límite, ulcerando con cada escozor los aledaños de la anímica herida.

Por ello, sepamos que no nos demacran las cicatrices, que tan solo nos curten, sino las apostemas que como abscesos supurados de pus, nos descomponen el rostro agriando su expresión por ese sufrir eternizado. Aun peor el saber que no nos sirve nada, cuando no es esperar lo que cicatriza, sino la pócima inmediata.