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La ciencia y la tecnología siguen siendo los saberes mitificados en nuestra sociedad. Aunque solo sea, porque proporcionan directa o indirectamente las herramientas privilegiadas para el lucro de muchas industrias y multinacionales, que a su vez y “desinteresadamente” pueden financiar proyectos de investigación para el avance de estos saberes.

Es apropiado no olvidar que la ciencia –la tecnología es en un inicio su consecuencia, aunque hoy sea la colaboración una retroalimentación- no es un conocimiento que posea certeza absoluta. De hecho todos sabemos que las teorías científicas han ido substituyéndose a lo largo del tiempo por ser mejores explicaciones del mundo y el universo que sus anteriores. Esto en ciencias consideradas fácticas por cuanto su objeto de estudio era observable. Claro está que esta tradicional clasificación podría ser revocada si afinamos con más precisión y nos apercibimos que propiamente los objetos de estudio de la ciencia son raramente observables.

Por ejemplo, cuando estudiamos la ley de la gravedad, realizamos experimentos que ya la presuponen –una vez que fue formulada por pura intuición científica- y de los cuales estrictamente observamos el objeto y el comportamiento de este en distintas circunstancias. Inferimos que la causa de ese comportamiento es la ley que intentamos estudiar pero que no observamos directamente. Si esto es así en Física, o sea que las leyes que rigen el Universo son inferidas pero no observables, en ciencias que estudian el comportamiento humano, la mente, el cerebro, la cuestión se hace aún más compleja. Funciones como la memoria, la cognición, la atención, la percepción son intuidas pero no localizables como tales en una única zona del cerebro ni observables. Así, podremos suponer que la explicación del comportamiento humano dé paso a una amalgama de teorías sin posibilidad de contrastación alguna. Ahora bien, aquí es necesario reclamar una consideración propia y apropiada para las ciencias que estudian un ser vivo y complejo como el humano. Es evidente que el esquema aplicado a otras ciencias  es sumamente estrecho  e insuficiente para ciencias cuyo objeto de estudio es curiosamente un sujeto, aquel que se estudia a sí mismo y que esta peculiaridad exige un método, a estas alturas, de una creatividad mucho mayor.

No podemos seguir midiendo a ciencias sustancialmente distintas con el método pautado para el binomio sujeto-objeto, porque estamos ante el mayor reto del conocimiento que es buscar un método que resulte para sujeto-sujeto/objeto, sin que el hecho de ser nosotros mismos el objeto de estudio menoscabe la máxima objetividad posible.