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Los despedazados del mundo se muestran con una diversidad inabarcable. Su apariencia puede ser un indicio de su fatalidad o una evasión enmascarada, porque estar despedazado es carecer de la dignidad que uno mismo se otorga.

Esta ausencia de amor propio se gesta a base de la indiferencia o el maltrato ajeno, por cuanto el sujeto recibe reiteradamente el mensaje de no tienes ningún valor o incluso tu presencia es desagradable.

Sin reconocimiento ajeno, ni propio no puede tejerse estructura alguna de una personalidad estable, a partir de la cual se vaya desarrollando un sujeto en diferentes aspectos. Se convierte en un individuo volátil, manipulable, sediento de querer que se someterá a aquel que pueda garantizarle algo –aunque sea simbólicamente pero encarne un cierto reconocimiento- Es por tanto “carne de cañón”, huérfano emocional tenderá a llenar su vacío materialmente, de forma instantánea, placentera aunque sea un burdo engaño que lo devuelva a su profunda cloaca.

De estos individuos que no son, porque sin estructura no hay posibilidad de ser, se deriva cualquier tipo de debacle: personal o social. Hay que considerar que desestructuraciones de este tipo van acompañadas de entornos socioeconómicos marginales, aunque no siempre es así. En los casos en que sí, este factor contribuye a dificultar la mejora social y económica de los individuos.

Los desalojados del mundo, descuartizados interiormente, son los que no tienen lugar propio, los que no se hallan circunscritos porque sus límites son indefinidos.