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El diccionario Oxford ha determinado que la palabra del año es posverdad –escrita así como anglicanismo derivado de  post-truth- Por este término se entienden –según la fuente mencionada- aquellas circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos a la hora de modelar la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal. Parece pues que eligen un término cuya presencia ha aumentado en el ámbito político y social, según afirman algunos analistas, a raíz del Brexit y las elecciones ganadas por Trump. Y este análisis facilita la conexión con el auge de los populismos que despiertan en Europa con una esperanza renovada.

Contextualizado al parecer el origen del término posverdad, a los que vivimos en el continente europeo y nos hemos nutrido de esta tradición, nos resulta algo sorprendente. Si el concepto de verdad es hoy, en día, hijo de una incertidumbre, una provisionalidad y una continua revisión en la propia ciencia, ¿de qué verdad hablan los anglosajones para poder tras ella hablar de posverdad? Sospechamos que siguen con su perspectiva lógico-positivista entendiendo que los hechos positivos, lo que se da es objetivo. Como si nadie hubiese refutado la imposibilidad de que un observador neutro dé cuenta de lo dado en sí mismo, por cuanto todo sujeto –ni que sea el científico más audaz- está sometido a prejuicios, axiomas y su propia capacidad cognoscitiva- Por lo tanto, no hay objetividad posible, y si esto es así no existen esos supuestos hechos objetivos de los que habla la definición. Creo que nadie con un poco de capacidad crítica aceptaría la validez de este supuesto oxidado. Lo interesante aquí, es que “alguien” quiere hacernos creer que hay un antes y un después del momento actual en la política americana, anglosajona y por extensión europea: cuando los individuos eran objetivos, y estaban exentos de toda manipulación, eso que ellos llaman la verdad, pero que siendo honestos deberíamos llamar ultra verdad (más allá dela verdad que no atisbaréis) y el después, cuando los individuos al moverse por emociones y creencias, no piensan y son fácilmente manipulables, la posverdad (después de la verdad que nunca habéis atisbado).

Quizás lo que más ofende de este juego sofista para embaucar, más si cabe, a los ciudadanos, es que aún tengan la poca desvergüenza de usar el término verdad como si algo tuviera que ver con la política. A estas alturas y después de la incredulidad generalizada en la que nos instaló la postmodernidad –porque hubo una etapa reconocida como modernidad- a pocos se les ocurre sentar en la misma mesa a la política, la ética, la verdad, e incluso dudan si cabe la justicia. Los últimos años del siglo XX nos enseñaron que lo deseable no es necesariamente posible, y que lo que acontece se produce por voluntades llenas de sí mismas.

En relación a la verdad, solo aceptaríamos acuñar el término posverdad para referirnos a la diversidad de discursos o perspectivas que han proliferado en un mundo que se debate contra la imposición del pensamiento único. Con la certeza de que lo que está en juego es la posverdad, es decir quien tendrá el poder de imponer su relato para que factualmente funcione como una verdad –aunque en sí no sea ninguna verdad-