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No sabemos qué hacer, ni cómo manejar viejos términos que tienen reminiscencias de épocas anteriores y que, por ello, nos parecen despreciables. La palabra espiritualidad, por ejemplo,  remite a muchos a los lazos religiosos impuestos durante años en el Estado Español; nos cuesta disociarla de esta connotación y apercibirnos que de forma genérica significa: conjunto de ideas referentes a la vida espiritual. O sea, el término no tiene por qué asociarse a la religión, sino que puede  referirse al modo de vivir ajustado a ejercicios de perfección y aprovechamiento interior. Es pues una cualidad atribuible a quien es muy sensible y poco interesado por lo material.

Esto no excluye, por supuesto, que las nuevas formas de espiritualidad –ya no religiosas- tengan igual grado de profundidad y en consecuencia, según mi juicio, de rigurosidad. No podemos olvidar  que esta necesidad de llenar el vacío vital ha sido también atendida por el mercado y en este sentido con propuestas frívolas, rápidas y milagrosas propias de un sujeto que consume y no de un sujeto que se pregunta por su existencia. Tal vez, de los que quedan rápidamente satisfechos por estos espejismos de espiritualidad rápida, sin esfuerzo y sin dolor, sí podamos decir que son unos narcisistas. Pero disiento de aquellos que opinan que todo acto de interiorización o introspección es de por sí onanista.

Considero que la espiritualidad como un ejercicio de autorreflexión, interiorización es imprescindible para una autocrítica y un autoconocimiento que nos sitúe en condiciones óptimas ante los otros y el mundo. Condiciones que hacen viable una interacción fructífera para los demás y mi entorno. De otra forma, ¿qué  podemos dar si no tenemos?

Quien se queda en la superficie, en la epidermis humana, y lo hace además por decisión, erra en su apreciación de que podrá llevar a cabo un análisis adecuado del mundo –claro está, que esto lo he leído en entrevistas a Zizek que es psicoanalista lacaniano, y me pregunto qué le capacita para identificar los problemas actuales-, ya que analizar la acción colectiva y social exige a mi entender conocer la condición humana.

Por último, si la espiritualidad, como contraposición a lo superficial, no fueran un rasgo humano, ¿de veras creemos que des de la superficialidad de quien existe sin cuestionarse su vida, habríamos evolucionado culturalmente cómo lo hemos hecho? No hay implícita valoración alguna sobre la bondad o maldad de dicha evolución, pero sí el reconocimiento de un desarrollo científico y tecnológico importante.

En conclusión, en tanto que los humanos poseemos conciencia de nosotros mismos, esa tendencia a cuestionar en profundidad quienes somos y cuál es el sentido del existir, a lo que nunca hallamos respuesta certera, no es una cuestión que tenga una respuesta de especie. Cada individuo plenamente desarrollado como humano debe pasar por ellas, revolverlas, agitarlas y convivir con ellas como pueda desde su interioridad, así como el conjunto de experiencias vitales que vaya acumulando. Decir: no miro dentro porque encontrare mierda, es de cobardes, mirar es de valientes. Otras actitudes pueden ser narcisistas, pero no la espiritualidad por definición.