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Atenazar cada gesto, cada mirada, cada intento en nuestro momento final, se me antojó lo más trascendental que nunca habría forjado. Pero se diluía tu manifiesta expresividad y no me era posible poseer nada. Tan solo me quedaban señales luminosas en el interior, sin forma ni contorno, eran sensaciones que no sabía cómo preservar de la ausencia que te cubría, porque no me resignaba a quedarme vacío de ti.