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Creernos dioses nos permite hacer un uso del saber científico-tecnológico ubicado dentro del límite moral, porque a la vez que obtenemos el poder de hacer ampliamos las fronteras morales del bien y del deber. Esta elasticidad conjunta de lo que podemos y  lo que debemos genera la falsa conciencia de actuar bien, que sirve de lenitivo para soportar la soberbia de los que siendo seres mediocres se elevan al rango de divinidades.

Seguimos siendo siervos de una moral a la que burlar, es decir, en la que aparentamos creer y en relación a la cual debemos legitimar nuestras acciones. No hay renovación de los valores tras la muerte de Dios. Nada entendimos, más que somos diosecillos destinados a reinar pero castrados por nuestra incapacidad de ser auténticamente.

La voluntad de poder está al servicio de la Vida, la ciencia y la tecnología también.