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Hacer de la necesidad virtud conlleva elevar lo único que podemos hacer a lo excelso y venerado, como si se diera por designio divino una identificación perfecta entre nuestro poder hacer y nuestra excelencia. Tal vez en un universo determinado, donde todo acontecer está ya “escrito” esto pudiera entenderse en este sentido. Pero donde, pese a los envites del entorno, el hombre tiene un cierto margen siempre de elección –y lo tiene pese a que las razones para estudiar nanotecnología sean contundentes, respecto a las de estudiar filosofía, y aun así hay quien elige la más fea- lo que urge es hacer de la virtud, necesidad. Como afirmara M.Cruz en un artículo de El País, 2007.

Estando plenamente de acuerdo con Cruz de que la inversión mencionada es más conveniente, nos vemos obligados a exigir un baño espumoso, para que sea más liviano, de realidad y reconocer que fundamentar el cambio de esta estructura socio-económica deshumanizada en la virtud, por muy necesaria que sea, es un delirio romántico escrito en las estrellas. Si algo queremos aportar con la reflexión que haga posible una evolución a mejor de este mundo tan amoral, tendremos que aceptar que las reglas del juego deben ser otras, quizás estrategias que nos lleven a beneficiar a los más repudiados aunque tengamos que presentarlas de formas solapadas. Los argumentos éticos suenan a música celestial y no tienen ya el menor peso en una sociedad que ha traspasado los límites de lo inconcebible, de lo que ya es inhumano. ¿Qué límite queda ya?

Superada la línea roja, y por ende, difuminado el umbral de lo infranqueable, la moral se ha disuelto y no hay nada que argumentar.