La espada de Damocles

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Mientras vamos viviendo, acaso sea por la inercia de una indecisión, se alza sobre nuestras cabezas la espada de Damocles, asida por la mano de Camus, esperando la respuesta sobre si vale o no la pena vivir. El pulso firme y paciente caduca, cuando pasado el tiempo y consumida la vida sea absurda cualquier respuesta.

¿Cómo contestar: sí, vale la pena vivir, después de haber vivido? Cuando la cuestión tiene sentido a priori,  precisamente para poder vivir bien. Porque si respondiéramos siempre a posteriori serían un sí o un no  hipotéticos, pero nunca categóricos. Así, la pregunta debería realizarse tantas como sujetos vivientes hubiese.

¿Hay posibilidad alguna de una respuesta categórica? Si por categórico usamos el sentido kantiano, no. Si lo entendemos como una decisión previa al desarrollo pleno de la vida, en este sentido a priori, sí. De hecho existen individuos que creen que vale la pena vivir, y por ello viven, detestando la idea del suicidio. De igual manera, cabría la decisión a priori del no, decidiendo acabar con la propia vida por considerar que no vale la pena –seguramente la ajena tampoco, pero ahí está la decisión de cada uno-

En consecuencia, mientras vamos viviendo deberíamos decidir si vale o no la pena, porque si no, ni vivimos, ni morimos, somos zombis con la inercia de estar donde toca. Al fin y al cabo, y contra los pesimismos más recalcitrantes, tener la libertad de decidir el final de tu vida, si no es propiamente vida, es un lujo.

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