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Nacer no es propiamente una acción. Es la resultante de un proceso de expulsión que se desencadena en el útero materno, para resolver una situación naturalmente insostenible. Un cuerpo no puede por más tiempo dar cobijo vegetativo a otro que ha aumentado sus dimensiones. Aquí aprehendemos más nítidamente ese postulado sartriano que reza: el hombre es un ser arrojado al mundo, descripción ciertamente atinada.  El que nace, no nace, lo nacen. En esta tesitura tropieza, como ya precisara cínicamente Cioran, con los inconvenientes de haber nacido.

Poseemos una existencia, durante un tiempo indeterminado, con la que algo deberíamos hacer, y un hacer con sentido, si no queremos vernos abocados de puntillas al borde del abismo.

Menudencias, inconvenientes de existentes sin experiencia. Pero  que, como no puede darse el caso, no pidieron   ni ser engendrados, ni nacer y en el sentido más pesimista se encuentran la condena de Sísifo, cargando en su espalda la piedra de la vida por una escarpada ladera de montaña, para que a punto de culminar la cima y ver la extensión del paisaje, la piedra caiga y deban recomenzar. Y  Camus nos brinde el mito para preguntarnos ¿tiene sentido vivir? Y los nacientes inexpertos le contesten, gracias a Cioran, no te agobies son menudencias de que te hayan nacido.

Siempre nos quedará el consuelo de que quien se aburre es porque quiere.