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Tras las diferentes formas de violencia especialmente virulenta que se ejerce en nuestra sociedad, se hallan otras formas menores que sirven de resorte para catapultarse. Pero lo más preocupante, a mi juicio, es que se está desvelando un problema de salud mental, que constituye ya un problema social, serio en cuanto al desequilibrio y a la diáspora del fenómeno que desmiembra poco a poco los ejes básicos de la sociedad: familia, escuela y trabajo –violencia familiar, acoso escolar, acoso laboral-

Lo cierto es que estamos en un momento de cambio en las tres instituciones, y toda crisis provoca conflictos. Pero no creo que debamos admitir que este tránsito de lo que han constituido hasta ahora la familia, la escuela y el trabajo hacia nuevos horizontes deba gestarse a base de víctimas que son el resultado de una ira irracional y no ideológica, sino impulsiva y entiendo muy a menudo psicótica.

En este sentido vinculo el estado mental y el desequilibrio que yace detrás de esta violencia sin parangón. Últimamente se han dado más casos, por ejemplo, en que el padre arrasa con la vida de la madre y los hijos e intenta suicidarse. Este hecho creo que supera el discurso de si hablamos de violencia de género o de familia. Creo que hablamos de una acción patológica en la que el sujeto pierde el control de su agresividad por las causas médicas que sean.

Entiendo por tanto, que la forma de vida a la que nos hemos sometido atenta contra la salud mental directamente, y que una de sus consecuencias es esta violencia desmedida ante la cual nosotros mismos nos quedamos sin palabras.