Etiquetas

, , , , ,

 

Digan lo que digan los datos macroeconómicos, hay una gran mayoría de ciudadanos que se han quedado sumergidos en esa crisis que, de alguna manera, ya nunca pasará. A su paso ha barrido con un nivel de vida medio que ya es historia, unos derechos laborales que se han reconvertido en puestos de trabajo siempre provisionales y salarios bajos, algunos hasta la desvergüenza. Este panorama facilita que siga flotando, y tal vez no por parte de las familias que han quedado más maltrechas, sino por una cierta burguesía en decadencia, la idea malintencionada y liberal de que quien no tiene trabajo ni medios para subsistir es un vago y no merece ni el aire que respira. En esta sintonía cualquier ayuda que el Estado preste a las familias pobres o más vulnerables es sentida como una afrenta personal, en cuanto ellos se pagan lo que tienen con el sudor de su frente.

Entiendo que estos ciudadanos poseen un desconocimiento supino de cómo se gestionan estas ayudas y el límite que tienen, por cuanto difícilmente llegan a cubrir las necesidades de los subsidiados. En caso de que así sea, es de esperar que esto ocurra en personas que no dispongan de ningún medio de supervivencia. Como decía, las ayudas se solicitan y son filtradas tras una serie de supervisiones que pasan en muchos casos por el seguimiento de una trabajadora social que centraliza el caso familiar. Si hay niños, además se vela por el bienestar de estos y para garantizar su alimentación no solo se recurre a los comedores escolares sino a centros educativos de ocio que los recogen de la escuela, les dan de merendar, les orientan en las tareas escolares –algunos hasta cenan allí- hasta que los padres -que a pesar de la escasez en que viven siempre hay uno de ellos que trabaja- pasan a recogerlos. Entre esos críos puedes encontrarte algunos que tengan dientes superpuestos y las bocas, obviamente  deformadas. Como todos sabemos, eso no lo cubre la sanidad pública. Aquí, en Catalunya tampoco. Por eso hay entidades que buscan financiación para que estos niños puedan recibir al menos un tratamiento de rescate, que evite la deformación de la dentadura y los posteriores problemas con el resto de piezas.  No creo que nadie que conozca de primera mano la situación concreta de cada una de las familias ayudadas pueda sentirse ofendido, sino aliviado de no verse en un brete similar y satisfecho de que el Estado y muchas organizaciones civiles no actúen como unos salvajes indiferentes ante personas tan desamparadas.

Será que la competitividad del espíritu capitalista no nos permite admitir que alguien tenga sin haber trabajado y puesto todo su esfuerzo. Lo que nunca mencionó el catecismo capitalista es que habría marginados que no tendrían nunca esa opción de competir, y que por tanto la igualdad de oportunidades era una falacia y sin ella, no podemos juzgar a los que se quedan fuera de la competición.