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Aristóteles decía que la virtud se halla en el justo medio entre los extremos, que por exceso o defecto son vicios. Ese justo medio se adquiría forjando el carácter, con el hábito de actuar justa y moralmente. Como muchos recordaremos, pues, el hombre bueno es el que sabe qué es el bien y lo hace, porque lo que posee es un dominio del bien. La costumbre de obrar bien va forjando su carácter. El hábito hace la virtud. No se sabe, en profundidad, aquello que no se conoce teórica y prácticamente. ¿O hablaríamos de un virtuoso del piano si alguien sabe teóricamente lo necesario para tocar el piano, pero de hecho, no es capaz de tocarlo? De la misma forma, el que sabe vivir, el hombre feliz, es el hombre virtuoso, sabe en qué consiste la felicidad y vive en consecuencia. La virtud es el hábito de obrar bien y el vicio el hábito de obrar mal.

Si tenemos en cuenta esta sucinta síntesis aristotélica diríamos que quien se obsesiona por vivir de la manera que sea, tiene el vicio de la vida. Aunque de entrada pueda parecernos absurdo ¿puede ser la vida un vicio? Si consideramos que el fin último debería ser la vida feliz, anteponer la vida, en cualquier circunstancia, puede devenir un vicio, de la misma forma que la droga, el juego o las relaciones. En el ejemplo anterior se daría por un exceso de celo al mantener algo, la vida, que solo vale la pena si ésta es feliz. Ahora bien, una actitud apática en el cuidado de una vida, que pudiera llegar a ser feliz, sería de la misma forma un vicio.

Partiendo de esta sencilla reflexión, lo que el sabio griego pretende mostrar es que el equilibrio, la armonía, la justicia, el lugar que le pertenece a la vida como tal, es aquel en que esta se despliega naturalmente con plena dignidad. En el momento en que el propio individuo o las condiciones desvían el equilibrio obtenemos el hábito de vivir mal (equivalente al hábito de obrar mal). Que debemos entender como el hábito de vivir, aun viviendo mal. ¿Quién nos ha inoculado esa obsesión de vivir, por vivir?

Si fuera posible la felicidad de la que hablaba el estagirita, o para ser menos pretenciosos una vida digna, solo si lo fuese, podríamos considerar virtuoso sostenerla, modélico y ejemplar. Si no lo fuera, si la vida no fuese digna de ser vívida, el empeño y la obsesión por mantenerla solo podrían ser resultado de la inercia, la cobardía o el vicio.

Restaría un análisis de en qué consiste una vida digna. Digamos de momento que sería una vida propia de humanos, tratados como tales, aunque ahondaremos en otro monográfico.

En conclusión, el vicio de vivir denota una desesperación menos lúcida que la voluntad de morir, porque ante una vida que ha perdido su valor el individuo no es capaz de renunciar a ella, sino que se aferra compulsivamente o se desprende por desidia, sin tomar una decisión definitiva: despojarse del vicio de vivir o hacer del hábito de vivir virtud