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El pasado, en cuanto constituye experiencia, no puede ser empujado al ostracismo, porque deviene el conocimiento básico a partir del cual nos configuramos. Es más, si ese supuesto “pasado” es ya experiencia, no es en absoluto “pasado”.

Existe una epidemia cultural con tendencia a despreciar el pasado, como aquello a lo que ya no merece la pena prestar atención; porque ya pasó, ya no es, y no tiene ninguna utilidad traerlo al presente. Es aquí donde, fruto de esa fiebre vírica, caen en la falacia  de confundir los hechos, que estrictamente se sucedieron, con  la vivencia, interiorización y la experiencia emocional -que como sujeto en interacción con el entorno construimos- de ellos. Esa “parte” de lo que fue  aún reside en nosotros, estructura y condiciona, experiencia tras experiencia, nuestra manera de ver y enfrentarnos al mundo y aún más significativo la manera de percibirnos a nosotros mismos.

Por eso el “Carpe Diem”, con el que en determinadas circunstancias me identifico, no puede predicarse como una especie de mantra que nos sume en la inconsciencia y en la ignorancia, porque puestos a huir hay estrategias más eficaces.

Las consignas que animan a vivir intensamente el presente, deberían hacerlo desde la plena conciencia de que el presente es un conglomerado complejo, que no se reduce a si esta tarde me pego la gran juerga o no, o siendo algo más consistentes no se reduce a aislarme en mi mundo prescindiendo de si a mi familia -que está a 50km.- van a desahuciarla esta tarde.

Vivir plenamente el presente implica asumir e integrar el pasado y ser capaz de decidir y actuar en consecuencia. Y no estoy, ni de lejos, proponiendo una ética del buenismo. Aquello que uno decida hacer en conciencia para poder gritar “carpe diem”, debe ser respetado, porque estará en relación a sus fines, sus prioridades y sus valores,  en los que no he entrado.

El objetivo del escrito es revelar cualquier intento de minimalismo del pasado que, como siempre no es casual,  puede contribuir a la desubicación identitaria del individuo y a su malestar, dejándolo desprotegido y más fácilmente manipulable.

Si los humanos utilizamos el concepto de tiempo es porque hasta ahora nos ha servido para tener referentes sobre los que construir nuestra identidad –el pasado- y el horizonte –futuro- para soportar la existencia –presente- Algún día quizás el tiempo caduque.