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Quedarse sin “habla”, sin capacidad para decir nada ante lo observado, es una reacción genuina y espontánea que curiosamente traza rasgos significativos del individuo al que le sobreviene esta incapacidad.

Los hechos que provocan este estado en el  sujeto son relevantes porque no es, por supuesto, lo mismo perder el habla ante un regate espectacular de un jugador de fútbol que ante el abuso y maltrato de un adulto a un menor. Quien ante la primera circunstancia pierde su capacidad de proferir vocablos y ante la segunda gira el rostro y se aleja, está exhibiendo de forma inconsciente su misma sensibilidad moral. Esto no significa que las únicas reacciones posibles sean las mencionadas. Son exigencias forzadas del discurso para ejemplificar que a menudo aquellas reacciones más primarias “dicen” sobre nosotros mucho más de lo que podríamos creer a priori, porque responden a aquello que hemos interiorizado, a aquello de lo que nos hemos apropiado, no a lo que pensamos.

Así, a menudo aprehender lo más auténtico del otro entiendo que pasa necesariamente por observar cautelosamente lo más primario y espontáneo, porque poseo la convicción que es el fundamento sobre el que se asienta ese otro.