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Existen danzas antiguas que recrean deseos y esperanzas, que claman contorneando rítmicamente el cuerpo satisfacciones nada antojadizas, sino necesidades físicas y espirituales que confían les sean concedidas. Son formas de implorar expresivas y contundentes, por cuanto es la mente verbalizada en el cuerpo, ambos los que reclaman.

Hoy escasean este tipo de manifestaciones. No hay conciencia de forma generalizada como sociedad de nada externo a lo que clamar concesión alguna. Toda petición debe ser realizada dentro del ámbito de la sociedad, a través de las instituciones y por supuesto burocráticamente –alguien bailando para solicitar una plaza escolar conseguiría una plaza en el psiquiátrico-

Esto que nos parece lógico y un progreso en una sociedad que ha enterrado creencias en dioses tipo “el conseguidor” –algunos lo recordarán, personaje televisivo que  ataviado con ropas estrafalarias, hacía realidad las peticiones que los espectadores hacían llegar al programa por carta- aunque parece haberlos sustituido por una democracia corrupta cuyos políticos utilizan los años que se mantienen en el poder y las campañas electorales para perpetuarse, a base de golpes de efecto que deslumbran a los ciudadanos y les hacen creer que podemos vivir mejor de lo que, de hecho, podríamos. Olimpiadas, Expo de Sevilla, obras públicas que implican que casi cada población tenga su televisión, su radio, su polideportivo, su gran Sala de Actos o Auditorio, etc., .Hasta que llega un buen día en que pintan bastos y la baraja se desmonta y nos hundimos en una crisis de la que las clases medias y bajas parece que no van a recuperarse nunca.

Pero, además, perder la fiesta de la danza por el tono pragmático de los tiempos modernos, tiene el inconveniente de que la magia siempre nos permite esperar lo imposible, mientras que asentados en lo verosímil cada vez somos más conscientes de por dónde va la nada demos-cracia que padecemos, por mucho que sea el mal menor, que penosa que es.

En contra de lo que muchos piensan, desearía que me hubiera tocado vivir una época llena de ingenuidad e inocencia, que no significa ausencia de maldad, sino falta de desesparanza.