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No dispondremos de capacidad alguna que no hayamos ejercitado con ahínco. Ni de su práctica mediocre, ni por ende de su excelencia. Así, el arte no es nunca producto de un don divino o mágico con el que se nace, sino la obra de una exquisita sensibilidad pulida, esforzada, trabajada que una y otra vez ha fracasado en sus intentos artísticos, produciendo bazofias de sí misma. Pero que antes de abandonar ante su nítido propósito de ser sensibilidad estéticamente expresada, ha reiterado el esfuerzo por aprehenderse y relatarse a sí misma.