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Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo:

 tiempo de nacer, y tiempo de morir;  tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado;  tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de derribar, y tiempo de edificar;  tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de lamentarse, y tiempo de bailar;  tiempo de lanzar piedras, y tiempo de recoger piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de rechazar el abrazo;  tiempo de buscar, y tiempo de dar por perdido;  tiempo de guardar, y tiempo de desechar;  tiempo de rasgar, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar;  tiempo de amar, y tiempo de odiar; tiempo de guerra, y tiempo de paz.

Eclesiastés.

¡Quién pudiera aprehender el pálpito de cada tempo! Poseería la sabiduría del decir y el hacer apropiados. Aquellos que generan beneficios ajenos y no conflictos. Y ¡Qué valioso es comprender que hay tiempo “señalado” para todo! Es la condición de posibilidad de la fortaleza misma que nos permita sobrevivir en tiempos oscuros.

Sin algo de perspectiva, por encima del momento que vivimos, no hay coraje que resista.