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Si aquello que denominamos Ser, que algunos entienden como algo inapelable e inefable “ubicado” más allá de lo existente, pudiera darse como contraposición en cada particular existente –sin el cual no sería propiamente- las elucubraciones, sobre lo que sucede tras la muerte, se simplificarían. Cierto es que la aceptación de un final abrupto y sin continuidad truncaría el sentido de la vida a muchos. Pero, que sea un relato más satisfactorio y deseable no lo hace más verosímil. Al contrario, el único indicio que  poseemos para dar cabida a la hipótesis de un Ser al que nunca accedemos desde nuestra determinada existencia, es la capacidad de nuestro cerebro para el pensamiento abstracto, la creatividad y la imaginación –sustancialmente distinto al de cualquier otra especie- Por ello somos capaces de cuestionar qué es real, porque la autoconciencia nos impele a la indagación de nuestra naturaleza y la de todo lo que nos rodea.

Acaso solo poseemos claridad sobre nuestras urgencias existenciales y de sentido, pero nada sobre que nuestra naturaleza tenga ningún tipo de vínculo privilegiado con realidades auténticas, ni que tengamos algún “lugar” esperándonos tras la muerte.