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El resentimiento, en contra de lo que escriben algunos –para observar un aspecto obviado por  la tradición judeocristiana hay que leer a Nietzsche- no se incuba únicamente en las relaciones de amor. Bien, al contrario, el odio y el resentimiento pueden surgir como reacción contra quien debiendo amarnos y cuidarnos –relaciones parentales por ejemplo- nos han negado ese sustento afectivo imprescindible para el desarrollo de la personalidad. Así, el desafecto, la desatención, la indiferencia contrapuesta a la búsqueda de amor que cualquier infante realiza por necesidad vinculante, son causas que producen resentimiento y odio, difíciles de reparar en edades posteriores. Así, el perdón como gesto cristiano, es de por sí inhumano, propio de dioses –hablando obviamente de las grandes cuestiones- Aunque la reparación de la víctima sea condición necesaria para una vida liberada del mal padecido, sea tal vez más posible alcanzar la indiferencia respecto del oponente, que conceder el perdón, a lo que a veces no tiene humanamente perdón.

Asunto diferente son las disputas familiares, aunque nunca me atrevería a establecer “recetas” universales sobre el resentimiento y el perdón, por la singularidad e idiosincrasia de cada casa.

Cuando los libros de recetas “para vivir” nos son útiles solo andábamos algo desorientados, no estábamos hundidos en la ciénaga de las grandes cuestiones.