Trabajo y acudo a un Banco de alimentos.

Desde que con el sistema capitalista se organizó la vida social alrededor del Trabajo como eje central, y el ocio como el tiempo de consumo que garantizaría la felicidad, se forjó un entramado que daría grandes beneficios a unos pocos, posibilidades de bienestar a muchos y dificultades de vivir a pocos. Pero, con la tercera revolución tecnológica y la globalización cultural y de la economía la resultante se ha radicalizado: pocos acumulan muchísimo, muchos viven con lo justo, muchos no tienen para sobrevivir. Hemos sido víctimas de una red que nos ha cazado a la gran mayoría para el regocijo de una minoría sin escrúpulos.

En tal punto estamos que, en el estado español, se está produciendo una circunstancia inédita: muchos trabajadores, a jornada completa, poco cualificados o bien jóvenes que acaban de finalizar sus estudios, no tienen un sueldo que les permita cubrir sus gastos hasta final de mes y están  acudiendo a bancos de alimentos, para recibir bolsas que les permitan alimentarse al menos la semana final. Es decir, trabajar no garantiza sobrevivir y menos el sueño dorado de disponer de un tiempo de ocio donde te aguarda la falacia de la felicidad. Así el entramado inicial capitalista es hoy un monstruo devorador de vidas, al servicio de los grandes magnates de las multinacionales, y los lobbies que generan, orientado a nutrir el sueño del poder absoluto para recrear una humanidad de pocos inmortales, quién sabe si con súbditos de metal en su mayoría. Se explican así las políticas de extinción de humanos a través de distintos mecanismos, hambrunas que podrían evitarse y se obvian, guerras que parecen urdidas por los que luego las condenan, terrorismo, alimentos en el mercado con aditivos que se saben nocivos, fármacos autorizados cuyo beneficio es dudoso, tráfico de drogas que se mantiene por intereses políticos,…y podríamos citar más formas que se nos presentan como irremediables de muerte directa o indirecta que no esconden más que un fratricidio a lo Caín y Abel, y es que aún sobramos muchos.  

Y para los que ni trabajando pueden sobrevivir, el sistema siempre les tiene reservadas las vías del metro, porque habiendo desaparecido, de facto, los sindicatos,  ¿a quién le escuece el sufrimiento de los desesperados? Solo a la misma sociedad civil, que quede claro, pero no da abasto.

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