Amor y necesidad

 

La necesitad del otro es un instinto primario que evolutivamente garantiza la supervivencia de la especie. Los humanos, lo cual no excluye a otras especies, experimentamos además esa necesidad en términos emocionales que es la que prevalece, en un estado de salud deseable, entre los adultos.

La confusión surge cuando la relación de amor –pareja; padres, hijos; amigos-  se tiñe de esa necesidad emocional que mencionábamos anteriormente y nos cuesta dilucidar qué lugar ocupa en el vínculo.

No existen relaciones ideales. No creo que honestamente se pueda, sin que algo cruja, describir un “debería” de los vínculos como si estos no fueran siempre particulares, únicos y constituidos por dos individuos a su vez irrepetibles. Entiendo que se puede pensar qué tipo de lazos dañan a los sujetos, al margen de cómo sean estos, ya que toda relación que no permita el desarrollo libre y el crecimiento de un individuo de una forma u otra le está cercenando. Otra cuestión será la decisión y los motivos que ese sujeto encuentre para mantener el vínculo, ahí no entraremos.

Así, nos centramos ya en esa fina línea que funde el amor y la necesidad. Amar es buscar el bien y la felicidad del otro al margen de aquello en que consista el bien o la felicidad propias. El contenido de ese supuesto bien debe decidirlo siempre de forma autónoma cada individuo, creamos que se equivoca o no. Evidentemente esta es la forma más elevada de amor que, en principio, puede darse –y digo de entada, con toda la consciencia de que dispongo- entre madre e hijo. Cierto es que el grado de este altruismo y la forma varía según el tipo de vínculo del que nos ocupemos. En una pareja, el bien y la felicidad de ambos deben tener un algo fundamental en común, por el que ambos luchen. Si todo fuese divergente simplemente no habría comunidad de dos, sería un encuentro puntual sexual, pero no una pareja. En el caso de los amigos, hay que saber, a la vez que estar disponible y dispuesto a priorizar su bien en muchos momentos –y este sacrificio está a nuestro alcance muchas más veces de las que nos gusta reconocer- tener el tiento de respetar su intimidad y no desembarcar cuando no es apropiado.

Pero, fijémonos que amar, en la medida que implica el lazo emocional más estrecho, nos lleva a necesitar al hijo aunque solo sea saber de él y de su bienestar y verlo cuanto sea posible para regocijarnos en  la persona en que se ha convertido y si procede seguir ayudándolo, a nuestra pareja porque el bien y la felicidad de uno redunda en el otro y al amigo porque saber que contamos con él, que podemos recurrir a él rompe nuestra soledad, y a su vez confiar que el otro acudirá a nosotros antes de caer derrotado, nos proporciona la seguridad de que no lo perderemos.

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