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Te vi preso de una exagerada algarabía, como si un acontecimiento en sí pudiera reparar el desencaje de toda una vida. Pensé que tu optimismo anterior era impostado, una exigencia del guion, y el actual un espejismo propio de quien carecía de perspectiva alguna, y ahora cree que el horizonte se ha deslizado ante sus pies con una reverencia de acogida.

¿Qué temblor nos impide calibrar la posibilidad de cada momento?