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Divagamos somnolientos con unas manos prohibidas que desinhibiéndose se posarán como un ungüento de seda acaronando las nuestras. Será ese el instante decisivo, en que le seguirá un abrazo contenido, un reconocimiento facial íntimo y un beso infinito teñido de una ternura inefable. Y tras ese deseo realizado, todo tenderá al final. Porque podemos fantasear sin límites, pero nunca vivir como si no hubiera límites.