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El término “vicio” se ha asociado a prácticas reprobables moralmente, que con el tiempo se han considerado patologías, como son el caso del alcoholismo, la drogadicción y la ludopatía. Este  enjuiciamiento moral se producía en una sociedad organizada de forma tradicional y en base a un patrón religioso que regulaba la conducta social con normas imbuidas de una moral rigurosa. Actualmente, en un Estado supuestamente laico y una sociedad que se ha liberado del arraigo moral y religioso, la tendencia que prevalece es la de patologizar el sufrimiento vital. Y no lo afirmo, por supuesto por los trastornos antes mencionados. Se ha sustituido a menudo y de forma equívoca, en cuanto se aplica de forma generalizada, el deber por el sentir, confundiendo uno y otro como si fueran intercambiables. Y no lo son. Si yo tengo la obligación moral de respetar a los demás, no puedo sustituirla por: Yo siento rabia y agredo al otro, porque por muy comprensible que sea mi rabia acumulada, nada legitimará mi agresión, ni me otorgará el derecho de agredir. Mis sentimientos no legitiman mis acciones, aunque las expliquen. Las acciones quedan legitimadas por principios o normas morales consensuadas que tengan en cuenta en bien humano.

En consecuencia, sufrir es humano, no todo sufrimiento es resultado de una patología, y en cualquier caso los sentimientos por muy intensos que sean nunca justifican desde el punto de vista ético una acción que tiene su propio ámbito. Quien crea que está moralmente disculpado en sus actos por la naturaleza de sus emociones se equivoca.