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El transhumanismo como doctrina que pretende disolver las divergencias entre lo natural y lo artificial, no es más que la manifestación de una voluntad de dominio sin fronteras, una excrecencia nihilista que habiendo perdido todo horizonte, encarna la versión más degradada de lo que Nietzsche consideró contrario a la vida y, por ende, inaceptable. Sería un escarnio a la crítica nietzscheana de la cultura occidental insinuar, tan solo, que el filósofo que desmanteló las falsas “verdades” que legitimaban la modernidad, sancionaría positivamente un proceso que quiere concluir en la figura del posthumano. Sin lazos, ni puentes con el superhombre que voceó Zaratustra.