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La dignidad con la que nacemos en calidad de humanos debe ser respetada por el resto de individuos de la especie. Sin embargo, ese derecho que se nos concede, de entrada, exige su reafirmación durante el periodo vital en la medida en que nuestras acciones refuercen ese merecimiento. Es, algo así, como si un derecho tuviera que devenir virtud para ser reclamado, porque si no me comporto como un humano –con unos mínimos éticos casi implícitos en nuestra condición- pierdo el derecho a ser tratado como tal y, por ende, a que la bestia que me habita sea el criterio de la consideración ajena.