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El deseo nos humaniza pero nos convierte, a su vez, en esclavos de algo casi ajeno que parece doblegarnos. No en vano, los estoicos cultivaban la a-patía como falta no solo de sufrir, sino también como estrategia para no dejarse arrastrar por los deseos. De hecho, en la actualidad, a quien se mueve por deseos, impulsos y razones no racionalizadas, lo consideramos patológico, en la medida en que socialmente está pautado y acotado el espacio donde expandir y verter los deseos. Una sociedad para la que, el culto al placer está ubicado en el ámbito privado y de ocio, tras haber sido como individuo explotado y cosificado por el sistema económico.