La piedra filosofal

Persistimos, hasta el patetismo, en la búsqueda de la piedra filosofal, con la convicción de nuestra capacidad de realizar el Opus Magnum que desembocaría en una transmutación espiritual del individuo, gozando al fin del elixir de la vida, y por ende de la felicidad.

El origen de esta práctica alquímica tiene al menos 2.500 años, esparcida por diferentes lugares de las culturas más antiguas. Hoy, sin embargo, parece que aunque no sea mediante prácticas esotéricas late en nuestra mente cierta esperanza de que debe haber algo semejante a esa “piedra filosofal” en su sentido más psicológico. No están lejos, de esta creencia en el hallazgo del quid de la vida, diversas prácticas religiosas.

Así, los humanos hemos deambulado en la búsqueda de sentido o bien agrupándonos en un colectivo vinculado por ciertas creencias y prácticas, o bien como un escollo del individuo que éste debe superar. Hay que admitir que ni unidos, ni en soledad hemos dado con “la piedra filosofal”, entendiéndola como símbolo de lo nuclear de nuestra existencia.

En la actualidad, la piedra se ha transmutado en un pedazo de materia despreciable y la filosofía en una actividad inútil e infructuosa.  De tal guisa, que ni nos interesan los cambios químicos de las aleaciones entre materiales, ni prestamos atención a un devanarse absurdamente los sesos, en lo que respecta a esa necesidad de sentido existencial.

Occidente ha optado por la superfluidad, la ligereza, lo líquido, es decir por una actitud vital que implica caminar por encima del mar, como se cuenta que hizo Jesús, para no naufragar en un intento añejo. En otras palabras, hemos ido progresivamente hundiendo las preguntas, para que no nos sepulten las respuestas. Por cierto, algo distinto debía querer transmitir el Mesías caminando sobre las aguas cuando, más tarde cuentan que, se constató que ni la sepultura pudo imponerle las leyes más elementales del mundo físico. Eso se cuenta,…

Nosotros, los últimos humanos –porque auguran el surgimiento de los posthumanos- navegamos en un escepticismo racional y emocional que nos exige un “carpe diem” ineludible para la supervivencia. Sin sentido claro y objetivo, ni posibilidad de tal hallazgo, solo nos resta el conformarnos con vivir el presente minimizando el dolor y maximizando el goce. Y esto, paradójicamente no nos hace más egocéntricos que a los antiguos alquimistas, porque somos simultáneamente más sensibles al padecimiento de los otros-yo, que subsisten en una ciénaga compartida.

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