Identidad antagónica

Hay humanos con una capacidad muy agudizada para el fingimiento, la doblez, y ser antagónicamente uno, aunque parezca una imposibilidad. De esta manera desarrollan la astucia de mostrarse como uno u otro, según el contexto  requiera, y con tal excelencia que nadie podría reconocer en ese individuo, el yo que se le ha ocultado, precisamente porque constituye lo absolutamente opuesto de lo que conocen. Estas personas viven de una vida, dos, al aparecer como dos sujetos distintos según el lugar. La oposición sustancial o habitual mencionada, parece una exigencia sin la que uno no puede ser otro a la vez, porque no se trata de una gradación del ser matizada –ahí podríamos reconocernos muchos- sino de una contraposición que permita la coexistencia de dos individuos bien diferenciados, aunque no sean más que uno corporalmente. Desconociendo como puede gestionarse este dualismo mentalmente, me atrevería a afirmar que constituye una necesidad sin la que el individuo desparecería por completo, porque la entidad de uno implica la presencia ausente del otro.

Seguramente, contratiempos en la búsqueda de la propia identidad cuando uno se ha experimentado doblemente tratado y considerado, por lo que acaba siendo ambos en uno.

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