¿Se puede decir “la verdad”?

La verdad, si la hubiere, no es aquello que ocultamos a voluntad para engañar o mentir, sino los motivos o razones inescrutables que dan cuenta del porqué de nuestras actitudes o acciones. Esto, atendiendo a que la mera descripción de hechos no constituye más que la manifestación de esos desencadenantes velados. Decirle a alguien, por ejemplo, he tenido relaciones sexuales con otra persona, no revela la verdad porque carece del desvelamiento imprescindible para aprehender lo que auténticamente sucedió, que excede lo que somos capaces de enunciar.

Así, la máxima de decir siempre la verdad –como imperativo categórico kantiano-  es un desiderátum imposible, en la mayoría de circunstancias, y no porque no podamos comunicar sucesos, sino porque como hemos visto eso no se corresponde con la verdad. De tal guisa, que casi es recomendable para quien no sea capaz de ahondar lo máximo en esas razones ocultas, que no enuncie como verdad algo que, de facto, no lo es, ya que solo contribuye a la confusión y el desaliento.

Seamos pues precavidos y antes de comunicar a otro alguna supuesta “verdad” hagamos un proceso de introspección que nos ubique lo más cerca posible de las causas y motivos que han forzado nuestras actitudes y acciones.

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