Kleist, el gesto romántico fracasado

“Kleist fue el primero que estableció para el teatro moderno su complejo dominio de la seriedad insegura (…) Aspira a una polifonía  en la que ironía y responsabilidad, gravedad y deleite, están implícitas por igual. Sus argumentos parecen desplegarse en diferentes niveles de realidad y no estamos seguros sobre cuál es el ‘más real’ en un momento dado. En casi todos los dramas de Kleist hay episodios cruciales de sueño e inconsciencia; representan un paso de un nivel de realidad a otra a través de puertas de oscuridad momentánea. En Kleist adquiere expresión dramática esa noción sintomática moderna sobre la pluralidad de la conciencia individual. La deliberada imprecisión del punto de vista de Kleist hace que sus obras resulten extrañamente inquietantes (…) En cada una de ellas el telón final cae sobre escenas de regocijo. Pero las obras dejan un gusto agrio en la boca, como si la alegría hubiera costado demasiado”

George Steiner, La muerte de la tragedia. Biblioteca de ensayo Siruela. Madrid 2011, pp.180-181.

Steiner analiza la obra de Kleist superando lo que sería una concepción estrictamente romántica del autor, calificado como tal cuando tras su suicidio junto con su pareja empezaron a adquirir relieve sus obras que hasta entonces habían pasado desapercibidas –tal vez intencionadamente- En cualquier caso, parece que el genio solo alcanza su esplendor cuando culmina su labor literaria con el suicidio. Hecho que se ha repetido no pocas veces en el arte y que por muy romántico que parezca, vuelve a la actualidad como un gesto absolutamente de las postrimerías de la postmodernidad.

Y es que, según afirma Steiner, Kleist sostiene una  ambigüedad en sus obras que se extiende desde la diversidad de la autoconciencia hasta la difusa versión de lo ontológico como algo que oscila entre el sueño y la conciencia sin poder nunca descifrar nítidamente qué tramos pertenecen a una u otra. Es, precisamente esta carencia de precisión, de ausencia de una identidad clara en una realidad difusa lo que hace de Kleist un autor de rabiosa actualidad.

Porque seguimos necesitando certezas sobre quiénes somos, como si la condición de vida hubiese de ser monocorde y coherente con los parámetros racionales que han fundamentado nuestra cultura. Simultáneamente nos rebelamos contra la categorización que impide la manifestación ambigua y ambivalente de nuestra identidad, destrozando moldes que imponen una claridad que no se conjuga ni tan siquiera con nuestra aprehensión del ser. Por ello esos finales keistianos entre el regocijo y la acritud son el desvelamiento más certero de que el autor no fue simplemente un romántico, sino un artista deambulando en el entresijo de lo que nos placería ser, como acto de absoluto romanticismo, y lo que la realidad impone como desatada paradoja inaprehensible.

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