El “Odio” en el pensamiento de López Petit

“El rechazo total de la realidad no supone por tanto promover una «tabula rasa» con la que llegar a un comienzo absoluto sino una «epojé». La «epojé» consiste en poner entre paréntesis la actitud natural de aceptación del mundo. Esta «epojé», este poner entre paréntesis nuestra relación de adaptación a la realidad, la lleva a cabo el odio. El odio (libre) dirigido contra nuestra propia vida. El rechazo total del mundo coincide con el odio a la vida. Más concretamente: con el odio a mi propia vida.
El odio contra mi vida es la efectuación del rechazo total del mundo. El odio dirigido contra mi vida traza una línea de demarcación entre lo que yo-quiero-vivir y lo que yo-no-quiero-vivir. Porque odiar la propia vida es la única manera de poder llegar a cambiarla. Este odio que libera al querer vivir de nuestra vida que lo encierra, es el odio libre.
El odio libre no tiene nada que ver con odiar al otro ni a sí mismo. Estas formas de odio no liberan ya que se hunden en el resentimiento y el miedo. Ahora bien, tampoco hay que engañarse. El odio libre no apunta a la superficie de mi vida, es decir, no se dirige meramente contra la forma de vida concreta que llevo. En este caso se trataría tan sólo de una expresión de insatisfacción. El odio libre no se queda en la superficie ya que excava en la insatisfacción. Por eso se dirige contra mi vida misma, contra la vida que llevo que es la mía.
El odio libre a mi vida hace concreto el rechazo total del mundo. Como es conocido, el proceso de medición en la física subatómica tiene como consecuencia que la onda de probabilidad que describe la partícula (según la ecuación de Schrödinger), se reduzca a una posibilidad de entre todas las que podía tener. En física se denomina a esta contracción, que se corresponde con la detección de la partícula, «reducción del paquete de ondas». Pues bien, el odio libre actúa de un modo parecido sobre el mundo. Al introducir la línea de demarcación entre lo que yo-no-quiero-vivir y lo que sí quiero, es como si efectuara un proceso de reducción. La vida pasa a ser mi vida, el mundo pasa a ser mi mundo. Rechazando mi vida, rechazo el mundo.”
Santiago López-Petit, Breve tratado para atacar la realidad, Tinta Limón Ediciones,Buenos Aires 2009,pg.15

En primer lugar, pido disculpas por la extensión del fragmento seleccionado para comentar, pero no me parecería apropiado que no fuese el mismo autor quien clarificase el término que es objeto de este análisis por considerarlo controvertido y arriesgado. Podría tropezar con una desviación, no intencionada, de lo que López Petit entiende por “odio” como punto de inflexión para reconstruir la realidad que asevera queremos.

El autor parte de que imposibilitados para partir de una “tabula rasa”, lo único que procede para deconstruir lo real es sostener una epojé, un poner entre paréntesis para repensar, que solo puede derivar del odio a la vida que no queremos, y sin embargo nos vemos sometidos a sostener. Este odio “libre” del que López Petit habla tiene por objeto el mundo, partiendo de mi propia vida como manifestación radical de lo que franquea el límite de lo que queremos y no queremos, porque solo cambiando la propia vida –y así sucesivamente una adición cada vez mayor de sujetos- cambiaremos la realidad.

Coincidiendo con lo sustancial que sostiene el autor, discrepo sin embargo que el término adecuado como estimulador de una epojé, una desadaptación de la realidad, y por ende, un punto de inflexión en la actitud y acción de los individuos, sea el odio, por muy libre que lo formule.

Según la RAE, sin que esta sea “palabra de Dios”, odio significa antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea. En otras búsquedas etimológicas coinciden las acepciones derivadas del latín y de su precedente indoeuropeo, atribuyéndole el sentido de sentimiento de violento desagrado hacia alguien o algo, que lleva a desearle el mal. Es precisamente esta connotación de rencor, venganza y deseo del mal de lo odiado, lo que me induce a cuestionar que el contexto social de violencia como medio de desatar impulsiones, daños y rechazos, me parezca un concepto adecuado que pueda llevar a esa reconstrucción de una realidad más humana –que deduzco es a lo que aspira López Petit- Insisto que coincidiendo en la cuestión de fondo que plantea, desearía poseer la habilidad de hallar un término que aumente su eficacia en positivo respecto de ese cambio radical por el que apuesta el autor.

Tal vez, y aquí puede evidenciarse mi ignorancia, el uso del término Voluntad en un sentido auténticamente nietzscheano, es decir como autoafirmación de la vida y del propio querer vivir, sin sometimientos, sino desde esa libertad que nos da la fortaleza de la propia voluntad, sea un inductor que puede orientarse a que el sujeto autoafirmándose, actuando, se oponga a la realidad en que vivimos como causa de negación de la vida;  un humano que se despliega sin sujeciones impuestas por la cultura y su voluntad de dominio. En este sentido el odio y el resentimiento se origina en lo que está en riesgo de demolición que es la propia forma de vida, como reacción a la acción de sujetos que sostienen su querer vivir como pots-humanos, en el sentido de desligados y liberados del yugo de un sistema castrador.

En síntesis, el término odio –aquí alguien puede objetar que estoy imbuida de moral cristiana, aunque creo que eso lo dejé atrás hace tiempo- me genera tiricia visceral, por cuanto estoy convencida de que solo puede producir más odio y violencia, sin que esté bajo nuestro control como de expande y se manifiesta.

 

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