La insatisfacción del escritor

Un comentario

Aun disponiendo de una herramienta de valor superlativo como es el lenguaje simbólico –tal vez porque priorizamos su vertiente conceptual- lo percibimos escaso para manifestar nuestro siendo. Seguramente porque Sócrates tenía razón cuando denostaba el pensamiento escrito por su naturaleza estática y de pretensión definitiva, por cuanto la búsqueda de la verdad -cuya existencia sostenía con absoluta convicción- es un continuo rastrear lo inefable, lo que nos afanamos en decir y nunca logramos plenamente. Por eso la escritura era para el maestro griego una forma de encerrar el arrogante saber, cuya cerca se nos niega, y más rotundamente cuando lo dejamos apresado por grafías.

De aquí se derive acaso la maldición de quien escribe, cuya resultante perece por caduca y desajustada con el punto final. Así, condenados a la insatisfacción de lo concluso, el escritor persiste en hallar esa mejora en el vano esfuerzo de traducir la vida mediante el lenguaje. Nunca una obra “acabada” lo es realmente, porque cuando la releemos rescribiríamos aspectos nucleares más apropiados al ser, por evolutivo, en ,crisis y cambio constante.

El sino pues, de quien escribe, es quedar atrapado por las palabras para desembocar en la heroica paradoja de desprenderse de ellas.

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