Lo inoportuno, debilita.

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La partida de un lugar al que nunca más habrá retorno es una despedida dolorosa. “Nunca”, advertimos, porque las circunstancias, las personas y la coyuntura específica no pueden recuperarse, aunque volvamos insistentes al mismo espacio. Así, quien ha experimentado esta serie de pérdidas como algo habitual, incorpora la vivencia de la despedida como separación absoluta, que puede generarle resistencias y apegos intensos a lo que cree poseer en un momento determinado. Su tolerancia a la separación se minimiza y su ansiedad se dispara, como la de un bebé que se diluye con la ausencia materna. Algo de esto está implícito en ese tipo de apegos agudos que sienten la marcha del otro como una disgregación del propio yo. El tiempo contribuye a la percepción de que no hay nada que se posea por siempre, y nos referimos a una interiorización de vínculos que contribuyen a realzar la autoestima del sujeto. En esta situación, se dificulta la confianza en el otro por un temor básico a la pérdida de la que el sujeto posee una certeza interna.

Obviamente, estos fenómenos se producen cuando se fuerzan experiencias que no pueden ser integradas por la edad. Cierto es aquello que dice el Eclesiastés de que hay un tiempo y un lugar para todo en la vida, porque trasgredidos los momentos oportunos solo se generan heridas irreparables.

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