Enamoramiento y Amor

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La fiesta de San Valentín tiene su origen oficial, derivada de otras paganas,   en los primeros siglos del cristianismo (S.V d. c.). No es por tanto una festividad que, como se cree a veces, se haya inventado por intereses consumistas, aunque bien es cierto que en la actualidad es una fecha propicia y explotada para ello. Se celebra el amor entre humanos y representa lo que hoy conocemos como el día de los enamorados –existe una leyenda al respecto que podéis hallar en distintos artículos en la red, que coinciden en señalarla como el fundamento más probable de la festividad-

Pero lo que se quiere proponer aquí, a propósito de la efeméride, es una diferenciación clave entre el enamoramiento y el amor. Popularmente se tienden a usar sin distinción y casi como sinónimos. Ya Erich Fromm en su obra “El arte de amar” realizó una clara diferenciación estableciéndolas como fases del proceso afectivo de una pareja, y como el preludio de lo que posteriormente puede devenir amor.

El enamoramiento es el primer estado por el que pasa una pareja humana que está presidido por la impulsión emocional y la pasión, la idealización del otro, y una cierta sensación, casi eufórica, que tiene una duración limitada en el tiempo. Ciertamente, es una de las experiencias más intensas y gratificantes –se entiende cuando el sentimiento es mutuo- por las que se puede pasar en la vida. Nos hace sentir inmensos, capaces de lo imposible y de derribar todos los obstáculos que puedan interponerse. Pero como ya percibió Epicuro esos momentos placenteros van perdiendo vigor por nuestra incapacidad de sentir un placer constante y permanente, y quizás también porque el conocimiento mutuo y el vínculo que va surgiendo nos conducen a otra fase más realista sobre lo que implica la relación de pareja. Así ese enamoramiento va desinflándose a la par que se van estableciendo lazos amorosos más consistentes y veraces. Sin embargo, y porque ya no estamos movidos por convulsiones emocionales y pasiones, amar implica una opción y una elección. El amor es el mayor gesto de generosidad y desprendimiento de uno mismo del que somos capaces, y en el contexto de una relación de pareja, exige una decisión fruto del enamoramiento y el vínculo afectivo que se ha ido estableciendo, de compartir la vida con otro; el cual posee sus propios anhelos, sus virtudes y sus defectos y con el que ya no existe esa especie de fusión mágica que se experimenta en la fase de enamoramiento. Ahora, lo que une es una complicidad afectiva que debe esforzarse por amar y por tanto respetar la diferencia del otro y su querer, y aun así, o quizás por ello, nutrir una vinculación íntima y muy próxima que vive con la alteridad, sin neutralizar la vida ajena. Damos por amor, y recibimos por amor. Pero ese lazo requiere un cuidado atento, tierno y constante que, a pesar de los inconvenientes que surgen en la vida, pueda arraigarse en nuestros afectos nucleares y mantenerse vívido y vivificador.

La época actual, en la que la inestabilidad, la incertidumbre, los cambios vertiginosos, la autonomía individual y la situación de igualdad creciente –en occidente- entre hombres y mujeres –desconozco la dinámica de las relaciones homosexuales y no me atrevo a hablar de lo que no sé, por respeto- ha desembocado en una levedad de los lazos amorosos que acaban rompiéndose cuando se hace evidente, tras un tiempo prudente, de que ya no hay enamoramiento. La cuestión a plantearse es, si es el enamoramiento o el amor lo que debe prevalecer en una relación de pareja. Podemos, obviamente considerar que cuando esa experiencia casi de éxtasis se ha difuminado ¿por qué mantener una relación desinflada, carente de esa pasión, de esas mariposas estomacales y por tanto un vínculo que entendemos disgregado, al tiempo que se desvanece esa sensación placentera? No hay obviamente obligación, ni imperativo que nos lleve a ello. De ahí que las separaciones sean el destino común de, tal vez, la mayoría parejas.

No obstante, cabría que nos preguntáramos sobre el amor como donación al otro en otras relaciones diferentes. Los hijos, los hermanos, los amigos también son objeto de nuestro amor y bien sabemos que el conflicto, los desencuentros y las etapas de distanciamiento y proximidad son una constante en nuestra limitada condición humana ¿Por qué desistir cuando una relación de pareja sufre una crisis, pero existe un fuerte vínculo que puede sustentar esos baches que se dan en cualquier tipo de relación? No quisiera que se interpretaran mal mis palabras. Creo que hay relaciones que no funcionan y nunca los hijos deben ser la excusa para mantenerlas, más cuando el clima es de tensión e incluso  de violencia aunque sea verbal. Simplemente ejerzo de abogado del diablo cuestionando que la volatilidad de los lazos amorosos hoy en día están a veces supeditados a la confusión entre enamoramiento y amor, y que si no alcanzamos a discernir e identificar la causa o la naturaleza de una crisis podemos estar desistiendo antes con la pareja, que con un amigo/a al cual le concedemos un espacio más amplio de afecto o desafecto aparente.

Por esto, el propósito del post es simplemente tener presente esa progresión y, por ende, distinción entre el enamoramiento y el amor y cómo el contexto líquido que definió Bauman configura las expectativas con las que afrontamos la   posibilidad de amar –que exige tiempo, esfuerzo y constancia- como una quimera.

Plural: 3 comentarios en “Enamoramiento y Amor”

  1. Una de las cosas que veo en los matrimonios y parejas que rompen, es su sentido de lo efímero en los proyectos comunes. No suelen tener un plano de horizonte donde proyectar lo común a ambos. Se vive casi al día en todo: lo emocional, lo espiritual, lo económico, lo deseable… Y cuando se vive sin tener un horizonte en el cual proyectar el futuro, todo presente es cualquier punto de arenas movedizas. Saludos.

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  2. Buenas tardes, Ana,
    Aunque el artículo es interesante, no pongo Me Gusta porque tengo muy claro que cuando en una relación de pareja, con o sin matrimonio, se ha perdido el respeto (precisamente porque se fundaba en el enamoramiento), no hay por qué cargar con ese cadáver y se deben ir soltando amarras. Soy de la opinión de que jamás se repondrá adecuadamente la relación, y que quienes insisten en ello están destinados a un doloroso fracaso. Por supuesto, cuando hablo de la pérdida del respeto no me refiero a malos tratos ni nada parecido, en cuyo caso hay que cortar de raíz, inmediatamente, sin pensárselo dos veces.
    Saludos

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