Morir de éxito

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Quien cree morir de éxito, o se regocija en el espejismo de su hazaña o bien vislumbra la cumbre del abismo hacia el que se precipita. La expresión –utilizada a menudo en el ámbito empresarial- presupone que hay una culminación, una cumbre, un máximo al que puede llegarse; una vez allí, acaso debieran preguntarse en relación a qué han tenido éxito y, más aun, qué significa tal término.

Puede triunfarse en un aspecto de la vida social que a ojos ajenos se lauree como un éxito incuestionable. Esto ocurre mayormente en la esfera profesional, que nada nos dice de la vida en sí, de la plenitud del conjunto de la existencia de ese individuo. Por eso, quizás para los más avezados, esa muerte anuncia la presencia de un abismo ante el cual se sitúan con las manos vacías, puesto que la presentida caída al vacío es una evidencia de las carencias que se padecen en otros aspectos de la vida.

Esta precipitación inexorable muestra que en la selva social quien despunta lo ha hecho a costa del cuidado de su vida personal e íntima, de su persona –incluso de otras que lo han padecido-; con unas consecuencias nefastas que recolecta cuando la cumbre se reduce a una reminiscencia nebulosa, que difícilmente puede equilibrar cuanto se ha extraviado por el camino.

Lo dicho es ajustado a quienes ciertamente han obtenido un éxito profesional y, por ende, social. Pero los hay también que creen morir de éxito por una ensoñación narcisista que necesita aferrarse a la convicción de que así ha sido, al margen de su logro fáctico. En estos casos no suele haber abismo alguno, ni precipitación, porque eso supondría la muerte psíquica del que se ha auto-encumbrado, y la mente es de una astucia inimaginable como para permitir una destrucción psicótica que desintegre completamente al individuo.

Así, más vale morir por haber agotado plenamente la vida y que no reste nada. Este es el desafío propio de los humanos, ante el que muchos huyen por recovecos o espejismos, y otros no logran ni un amago de aproximación. De aquí que podamos intuir que vivir con plenitud hasta agotar la vida, y en consecuencia morirnos, es lo más deseable, pero un horizonte lejano, casi un reto utópico ante el que debemos ser tremendamente realistas para no sentir una frustración injusta. Se vive cuanto se puede, porque querer todos queremos, y como dice el refrán quien hace lo que puede no está obligado a más. Añadimos además, no puede sentirse en deuda ni consigo, ni con nadie más; porque la plenitud no es universal, sino un estado subjetivo al que se encumbra quien ha luchado por una vida auténtica.

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