El polvo que nos sustancia

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“Polvo sois y en polvo convertiréis” reza el Eclesiastés. Y con las cenizas de quien amamos en una urna, sentimos un espeluznante y frío hormigueo recorriéndonos el cuerpo; mientras, prudentemente alejados de esa especie de ánfora, recordamos lo mínimos que somos y lo ínfimos que devenimos. Generados por un polvo, hechos polvo por los avatares de la vida y, finalmente frágiles y ligeros, como somos, acabamos convertidos en pavesa.

Quién sabe dónde serán absorbidas y reintegradas esas partículas volátiles. No quedará materialmente nada de nosotros, más que la reminiscencia y el rastro que dejamos en los otros, que a su vez se desvanecerá cuando ellos cursen el mismo devenir.

El tiempo borrará todo eco de nuestra leve existencia; algunos entenderán que nos damos demasiada importancia y pretendemos zafarnos del natural ciclo de los seres vivos, y quizás a partir de ahí reorienten su existencia sabiendo que solo son, lo que ahora son y el horizonte es el no-ser de lo insignificante.

Cualquier otra relato respetable satisfaga, acaso, la  necesidad perentoria de no restar fulminados totalmente por una llamarada de fuego; y por el tiempo, ese que propicia el olvido y nos disuelve en una nada que parece ser nuestro destino.

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