Aporías orgánicas o el covid19

Un comentario

La incertidumbre es una neblina fina infiltrada por los poros de lo que consideramos real, por haberlo asimilado al suceder, que dificulta la visión nítida de lo que hay y, por ende, de lo que cabe esperar que haya. Esta distorsión perceptiva, producida por el recelo que nos produce esa opacidad sutil, desencadena inseguridad, desasosiego y una vacilación intensa en el momento de optar por la diversidad de posibilidades que nos plantea la existencia.

Podría pensarse que la época que habitamos ya poseía, desde hace tiempo, esta cualidad traslúcida -no diáfana- que nos sitúa en una oscilación existencial; pero, lo cierto es, que nunca como hasta el momento en el que el mundo se ha visto invadido por un parásito extraño que va trasladándose, discretamente, de cuerpo a cuerpo para garantizar su propia supervivencia, nos habíamos sentido tan desamparados e inermes. Asediados por un microorganismo, invisible a nuestra capacidad ocular, vamos haciendo requiebros desmadejándonos y lidiando banalmente contra un adversario ladino.

El escollo reside en el desconocimiento de la naturaleza de ese virus que procede, en consecuencia, casi con inmunidad y colapsa cualquier efugio posible.

Y, ahora, se ilumina el sonrojo de una especie envarada: nos creíamos semi-Dioses y un bichillo microscópico ha logrado paralizar casi todo el planeta. Nos ha enchironado en nuestras guaridas, precisamente porque nuestra ignorancia no ha permitido protegernos. Lo cual resulta paradójico en un mundo que se percibía a un paso de robotizar, no solo los procesos productivos sino nuestra corporalidad. Desorientados, temerosos y humillados nos hemos volcado en la batalla más inconcebible a estas alturas. Bien porque errábamos en la medición de nuestro poderío, o bien por ser víctimas desarmadas ante nuestro descerebrado y supuesto dominio.

Sea cual sea la razón, aquí estamos: bozal en boca cual armadura caballeresca, con geles antisépticos en lugar de escudos y lanzas, con distancias de seguridad, eludiendo el cuerpo a cuerpo del guerrero valeroso. Y si tras la última guerra mundial, un muro de hormigón deslindaba claramente los bandos enfrentados, ahora la condición de ser uno mismo y simultáneamente alteridad es lo que nos pone en riesgo de ser fulminados. En esta peculiar lid contra un contrincante que posee la sagacidad de habitarnos, y convertirnos en el peligro para el prójimo, ahora, todos formamos parte de ambos bandos, susceptibles de cometer felonía, transitando de víctimas a verdugos o, siendo, inclusive, ambos simultáneamente.

Nos hemos convertido, por altivos, en aporías orgánicas ¿qué suerte nos espera?

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