La mente hostigada

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A veces, la mente padece una disrupción con el supuesto sustrato neuronal y sináptico que en condiciones normales la impulsa a fluir, elevándose como una entidad autónoma. Tal desgarre acontece precedido de una vívida irritación que blanquea y bloquea la mente, incapacitándola para ser lo que tímidamente intuimos que, tal vez, es.

En ese instante -más o menos prolongado- no hay más que anulación, negación del sí mismo y el deseo de una ansiada explosión que volatice los sesos y los desparrame violentamente por doquier, y que para más satisfacción embadurne cuanto elemento ajeno presiona constantemente, imprimiendo exigencias que esa frágil o singular mente no puede saldar.

Ahí no está el límite mental, sino su desbordamiento y extinción. Fenecida la posibilidad de repliegue, tan solo resta el desguace de la identidad y la autoconciencia. Una disociación acaecida por la impotencia de repudiar el exceso y, humildemente, ajustarse al justo medio propio y apropiado para cada sujeto.

Venerada virtud la del quien se reconoce a sí mismo en el umbral que le pertenece.

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