Zweig, Freud y el Moisés,…

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Decía Zweig en una carta a S.Freud que “Las ideas no tienen ninguna patria verdadera en la Tierra. Flotan en el aire entre los pueblos, entre los seres humanos, y apenas hay conocimiento, fe o religión que no mezcle lo propio con lo adventicio, así como tampoco hay ningún invento puro: todo inventar es un encontrar”[1] y proseguía haciendo referencia al choque que estas palabras podían haber producido en un cierto nacionalismo judío que se sintiese herido en su vanidad colectiva.

Prescindiendo ahora del contexto histórico en el que tuvo lugar tal correspondencia, desearía destacar la lucidez de la cuestión relevante que Zweig menciona a Freud, a raíz de la aparición de la obra de este último titulada “Moisés y la religión monoteísta”. A saber, las ideas y pensamientos no son nunca puras, en el sentido de surgidas genuinas y únicas de la nada. Toda noción o conjunto de ideas sobre el hombre y el mundo son el resultado de una relectura, reinterpretación de otras preexistentes, o como las denomina Zweig advenedizas.

De hecho, si no fuese así, la humanidad se hallaría siempre en un desierto forjando eternamente explicaciones o relatos sobre el mundo que se repetirían cíclicamente sin ser renovados en ninguno de sus aspectos. Un mera observación histórico-empírica nos demostraría que este eterno ciclo centrífugo no se ha dado de facto. Por lo cual, deberíamos reconocer la veracidad de la consideración que Zweig realiza tras la lectura del texto freudiano.

Lo que también parece verosímil es que la arrogancia y el dogmatismo de muchos pretendan presentar sus relatos como novedades vírgenes de ningún legado anterior. Pero es constatable que religiones, ideologías políticas y postulados o sistemas filosóficos contiene huellas irrenunciables sin las cuales no constituirían el corpus que conforman.

Para situarnos en un caso hipotético concreto la situación sería semejante a alguien que pretenda entender y explicar a Aristóteles sin el legado platónico y, a su vez socrático y presocrático. Los textos del estagirita dicen lo que dicen en el contexto en el que fueron escritos y sin el referente que precede e influye y condiciona su pensamiento, podemos caer en errores de interpretación, de la misma manera que lo haríamos si desconociéramos el amplio significado que tienen los conceptos griegos que son a menudo intraducibles a un único término en las lenguas románicas.

Esto no desmerece, y así lo puntualiza en la carta Zweig, el logro o el mérito de figuras como, en nuestro caso, Aristóteles. Y esto porque no que hizo el filósofo griego fue repensar desde sí mismo la herencia recibida y concentrarse especialmente en los aspectos más problemáticos en su época de lo construido por los anteriores filósofos.

En el momento, hoy, en el que cualquier escritor sea del ámbito de la cultura o del conocimiento que sea, desparrama sobre la mesa el influjo de lo leído, y conocido que por razones diversas han calado en su mente de una forma más intensa o destacada. Aquello que pueda crear, idear o pensar a partir de ahí contiene la novedad del sujeto que es él, junto con el poso de lo recibido ¿Es esto un demérito? No, diríamos tajantemente. Es la única posibilidad de crear que tenemos los humanos y en este sentido tendríamos que asumir el principio cosmológico griego, aunque aplicado a la cuestión que nos ocupa, que reza “de la Nada, Nada surge”.


[1] Stefan Zweig, Correspondencia con Freud, Rilke y Schnitzler. PAIDOS TESTMONIOS, Buenos Aires 2012. Carta del 2 de marzo de 1938. Pg 58

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