Historia para no dormir nunca más|Ana de Lacalle

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El sótano era una pendiente oscura a la que nunca había accedido. Siempre estaba lacrado como si de una misiva obscena se tratase, por lo cual había recibido reiteradas advertencias de que nunca debía bajar a ese antro.

Pero cómo tanto le habían negado hasta la posibilidad de pensar en quebrantar ese mandato, llegó el descuido de los que prohíben, y la oportunidad que se le presentó de descubrir qué secreto escondía no dejó lugar a dudas. Se sentía magnetizado por esa oscuridad sellada y negada, y sin temor alguno abrió la puerta —que no tenía candado alguno— y fue deslizándose con más premura que temor. Se apercibió que el interior estaba tan negruzco como las escaleras y se afanó en dar con la llave de la luz para iluminar de una vez por todas el tabú que guardaba aquel lugar. Así que empezó a palpar ansiosamente las paredes de alrededor de la entrada notando una rugosidad húmeda que le produjo un escalofrío. Tal vez fue el primer momento en el sintió algo de miedo. Su búsqueda parecía infructuosa; pensaba que por lógica debería hallarse el maldito interruptor alrededor de la puerta de abajo, y cómo mucho lo que debía variar sería la altura. Pero pasaba la mano que ya estaba fría y algo mojada en línea recta por el lateral izquierdo, después por el lateral derecho, ¡y nada! ¿Dónde habrían situado el pulsador? De repente se le ocurrió que tal vez estaba encima de la puerta y dando saltos, ya que su altura al contar con ocho años no le permitía excesivos lujos, reiteradamente fue revisando esa zona de la pared, sin éxito. 

Aun así, no se achantó y decidió continuar su incursión palpando lo que iba encontrando a su alrededor, para no tropezar en primer lugar y para dar con el tesoro escondido, en segundo lugar. Fue tocando con cierto asco lo que parecían cómodas o armarios pequeños que le dejaban las manos llenas de polvo, incluso enredada la tela sedosa de alguna telaraña. Dedujo que por el lugar en el que se hallaba en la vivienda debía tener forma rectangular, motivo por el que inició su andadura a ciegas manoseando cuanto se hallaba a su izquierda. Si empezaba por ahí, creyó, recorrería el perímetro hasta volver a dar con la salida. Y así fue, pero a parte de objetos que hicieron la función de obstáculos sucios y pensaba que inservibles no encontró nada. Solo le quedaba una opción: adentrarse en línea recta con el mismo cuidado de ir con las manos por delante para detectar cualquier artilugio lleno de mugre que se encontrara a su paso. Y ese fue su acierto y su fatídico error, porque cuando había andado unos metros se topó con un algo alargado del tamaño de su mano que parecía un juguete articulado. Siguió palpando, manteniendo la dirección que le marcaba ese objeto no identificado y dio con otros más grueso y largo que finalizaba con otro mecanismo que permitía doblarlo. Con la mano fijada en lo que ya había descubierto, acercó la otra al azar hacia un lugar próximo y notó cómo su mano se introducía en un agujero del mismo material que tenía un tope donde se acababa. Sacó la mano y empezó a hurgar por encima del agujero y su sorpresa fue algo que, de alguna manera no quería creer pero que ya le había pasado por la mente, con cierta redondez y por duplicado estaban situados encima del primer agujero. Se armó de valor y fue a comprobar lo que ya se temía: como dibujando un triángulo entre los orificios de arriba y el boquete más amplio de abajo notó dos pequeños ojetes unidos por una protuberancia vertical. Su corazón se disparó de tal manera que no pudo más que empezar a gritar desquiciado, con serias dificultades para respirar y ninguna capacidad para pensar y decidir qué debía hacer. Mas no hizo falta, porque los alaridos del niño llamaron la atención y alteraron a la vecina de al lado que, cogiendo las llaves que tenía de sus vecinos —unos acostumbran por infortunios o descuidos a dejar un juego de llaves a otros—, corrió hacia la casa con rapidez y al entrar ubicó que los gritos y llantos procedían del sótano. Así es que tirando de la cadenita que se encontraba en el exterior, antes de tomar las escaleras, encendió la luz y descendió con celeridad provocando un silencio súbito. La vecina, al encender la luz hizo posible que el pequeño gato al cual mató la curiosidad sufriera un desvanecimiento al ver lo que ya sabía: se encontraba con las manos puestas encima de un esqueleto —pero no de esos de plástico que usan en las escuelas—. La vecina estremecida, confusa y recogiendo al niño del suelo mientras pronunciaba su nombre, no se podía creer lo que estaba viendo. El aventurero no volvía en sí, así es que haciendo acopio de las fuerzas que ya no tenía lo alzó sobre su hombro para sacarlo de allí y tumbarlo en el sofá del comedor. Tras algún tropezón y un esfuerzo que le provocaba una respiración agitadísima logró extender al niño en el sofá. Cuando iba a llamar a urgencias, oyó que alguien entraba. Eran los padres de la criatura a los que narró lo que ella sabía y había visto. Tras ofrecerle una tila y hacer que tomara asiento, la vecina urgió a los padres a llamar a una ambulancia que atendiera a su hijo, pero cuando no hubo ni acabado la última palabra recibió, por la espalda, un garrotazo mortal, pasando, con todos los honores a hacer compañía en el sótano al abuelo.

Cuando el niño recuperó el conocimiento los padres escucharon su relato y le convencieron de que había sido un sueño, una pesadilla, ya que llevaba durmiendo horas, quizás por excesivo cansancio. El pequeño insistió, pero los padres astutamente le insinuaron que si esa extraña pesadilla se repetía acudirían a un médico, ya que no les parecía demasiado normal que tuviera esos sueños tan macabros. Así que atemorizando al pequeño consiguieron que este guardara silencio y que nunca más se le pasara por la cabeza la idea de descubrir que había en el sótano. Él sabía lo que había, aunque no supiese quién era. Bueno, para ser exactos, no sabía en su totalidad lo que había porque ahora eran dos los que habitaban ese antro, uno ya esqueleto y otra en proceso de descomposición.

Al día siguiente los padres con una actitud que al pequeño le resultó extraña e impostada le preguntaron si le había gustado la fiesta de Halloween de la noche anterior. Él no recordaba ninguna fiesta, y lo que sí recordaba con nitidez era lo que nunca más podía ser dicho, así que asintió ante la retorcida pregunta parental.

Pasados los años, y cuando los padres eran ancianos, un día como otro que fue a visitarlos decidió bajar al sótano. Ellos estaban sordos y de poco se enteraban ya. Esta vez no tuvo dificultad alguna para encontrar la cuerda que encendía la luz, abrió el candado y bajó decidido porque necesitaba saber la verdad. Y la verdad era que el número de esqueletos había aumentado exponencialmente y que ahora tenía la certeza de que sus padres eran unos asesinos. Se mantuvo unos minutos reflexionando sobre qué debía hacer y tras tomar una decisión firme subió hacia el comedor, se despidió de sus padres con un beso agrio, que casi le provoca el vómito, despidiéndose hasta la próxima visita. Al llegar al coche llamó a los servicios sociales dio parte de que sus padres se negaban a ir a una residencia para ser cuidados y que vivían en un estado de insalubridad. El vivía lejos, adujo, y su única esperanza era que ellos pudieran intervenir. Arrancó el motor y sin mirar para atrás se perdió en el horizonte de la carretera.

Estuvo días sin atender el teléfono porque se cambió el número y el aparato. Hasta que leyó en el periódico: “Encuentran a los asesinos de Halloween que llevaban más de veinte años actuando”. Se le cayó el diario al suelo y rompió en un llanto que nunca más supo cómo acallar.

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