Confusión aniquiladora.

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Vacilamos desorientados cuando advertimos el desnorte en el que nos hallamos. Arrastrados por sucesos concatenados, nos hundimos en el lodo de lo cotidiano e inminente, olvidando que, lo más terrible que puede ocurrirnos, es postergar quién queremos ser a causa de esa asfixiante exigencia, ajena o propia, por la que nos dejamos anular.

Y sentimos un agudo dolor, un desasosiego permanente que no atinamos a identificar en su auténtica causa. Y lo que debía ser bello se torna innoble, no por la condición de lo querido, sino por la desafortunada confusión entre éste y su determinación cotidiana.

El instante en el que la consciencia nos azuza para despertar de ese embrollo fatídico, la respiración se acelera angustiada por la percepción de que se ha diluido la presencia de Eros. Hemos deshonrado su esencia, como quien hace una compota creyendo ser fiel a la naturalidad de sus ingredientes.

Siempre queda acudir a este texto de Zweig que parece un canto a la belleza platónica.

Stefan Zweig. Confusión de sentimientos. Apuntes personales del consejero privado R.v.D. Acantilado. 2014

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