La añoranza.

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La añoranza es el reconocimiento de una pérdida dolorosa. Mientras sentimos esa ausencia no podemos sentir qué resta en nosotros de lo añorado. Hay pérdida, pero también dicen que una presencia luminosa de lo ausente, que nos permite mantener vivo en nuestro interior cuanto recibimos de quien ya no está. Esa llama, no el rescoldo, atiza nuestra vida como si aún fluyéramos con vaivenes imprevisibles por la existencia.

Es cierto que, durante un tiempo, o muchos tiempos, padecemos tan solo el dolor de esa pérdida irreversible. No sabemos cómo resituarnos en un lugar en el que ya no comparece, ni lo hará, esa persona que tanto iluminaba nuestra vida. Solo acontece el desgarro sangrante que no admite sutura. Ese proceso de recomponernos es lo que denominan duelo, y aseguran que puede ser realizado manteniendo el fuego que quedó en nosotros de quien ya no está, sea o no sea.

Sin embargo, quien no ha experimentado un vínculo seguro originario que le ha posibilitado sentir la garantía de que nadie “se va” definitivamente, porque lo que sembró en nosotros ya es nuestro, está incapacitado para el duelo. La ausencia es lacerante, como la originaria, y es sentida siempre como un abandono con desprecio o por indiferencia.

Esos vacíos nucleares son fuente, según las contingencias, de un dolor permanente que evidencia el hueco nuclear con el que siempre se existió. ¿Cómo pudo vivir quien ha pisado siempre en el vacío? Seguramente, por la coraza de costras de la herida nuclear de la que se vio necesitado para no hundirse y morir o morir-se.

Las estrategias de supervivencia operan firmes durante un tiempo, después quedan invalidada por quien las necesita, y o recrea bases sobre las que sustentarse o emocionalmente reaviva una decadencia que puede llevarle a desear no ser.

La añoranza no es siempre un sentir pasajero, cada uno la lleva incrustada a su manera; algunas formas son el síntoma de una muerte anunciada.

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