El laberinto de la locura.

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¡Qué sumisión tan intrincadamente laberíntica ¡Él no era consciente de sus servidumbres; solo percibía la alarma roja cuando las neuronas se irritaban hasta el límite. Él era cualquiera, digamos que el pronombre personal cumple su función plenamente, aquí. La revolución neuronal presionaba las paredes del cráneo, notaba promontorios que fluctuaban con sus propios pensamientos recurrentes, que no hallaban respuesta. La jaqueca, el nerviosismo y el decaimiento físico le acompañaban como los síntomas claros de su intensificación neurótica, que amenazaba con un deambular psicótico.

Él no era capaz de prever siempre sus límites; ese instante a partir del cual sus servidumbres son esclavitudes mentales y pueden desembocar en un colapso.

Su carencia de cálculo es recurrente en muchos, semejantes a él, que se entregan a una tarea como si no hubiese un mañana y todo tuviese que resolverse hoy; al menos, los entresijos que no era capaz de resolver le conducían a un insomnio permanente que le acercaban a la locura; pero a ésa que deteriora, desnutre y mata.

Por fortuna, aprendió que con esas convulsiones cerebrales había que poner freno. Buscar alternativas a los compromisos que le encerraban en ese círculo vicioso. Con el tiempo aprendió: en lugar de que la tortura mental durara un mes y se precipitara psicóticamente, al cabo de un par o tres de días se apercibía de que algo funcionaba muy mal en él. Algo había que hacer, y solo él podía poner fin a esa angustia que le emergía desde las entrañas.

Lo humanos somos, a menudo, lentos actuando, pero si nos escuchamos, cuando nos sentimos desbordados, tenemos el poder de restaurar nuestros desequilibrios. Si no aprendemos a escucharnos a nosotros mismos, no servirá de nada escuchar a otros, porque la ceguera inyecta oscuridad por doquier.

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