La muerte, a menudo, no avisa y si lo hace, no nos apercibimos de las señales. Es un tiempo de espera fatídica, o de tormento silencioso cuando debemos continuar con nuestros quehaceres, como si nada pasase o como si esperásemos que sucediera cuando pudiésemos acompañar a quien parte.
La muerte siempre se desploma como si fuese la espada de Damocles, es una convulsión que nos desgarra y nos deja la extrañeza de cómo de fino es ese hilillo que hay entre vivir y estar muerto.
Aún así, qué suerte quien es llorado y quienes tienen a quien llorar porque eso significa que han amado y han sido amados. Ese momento, quien lo siente con autenticidad -destierro las imposturas- puede experimentarse como la recolecta de lo que se ha sembrado junto a la persona ausente, o muerta digamos. Y quienes tienen mucho que atesorar y guardar en sus corazones poseen la riqueza única recibida por la muerte de quienes amamos. También nosotros dejaremos en otros ese regusto agridulce que en un primer instante les desbordará de lágrimas y dolor; después, aflorarán cotidianamente instantes dorados compartidos con quien se fue -otros o nosotros-.
Si falta alguien, y en su desaparecer no desgarra corazones ni atraviesa como una flecha las almas, la tristeza no es que haya muerto, sino cómo vivió, cómo no vivió, mejor dicho, porque sin amor no puede haber auténtica vida. Ahí, sí que siento yo misma la tristeza por los que nadie llorará, ni re-cordará nunca más, o como mucho malos gestos que nunca se vertebraron en vínculo alguno.
Por los que nadie llora, lloremos.
