Tozuda y reiterativa, la parca merodea en lugares comunes que ya no podemos eludir, porque cada edad tiene sus afanes y sus porqués. Y, a pesar de que todo empeño es efímero y toda cuestión incontestable, provistos de resortes, como se nos supone, no podemos más que afrontar con la mirada alzada el reto que
Autor: Ana de Lacalle
Casi no se sienten los gemidos acallados y oscuros de quien plañe por las personas inocentes y ajenas, sobre las que caerá la espada de Damocles de la irresponsabilidad de tantos políticos de diversos colores que hablan porque la retórica es su herramienta de trabajo y cobran mientras el teatro que escenifican se prolongue a
Entre desvaríos alocados e ideas ocurrentes, se despliega el día. Según el instante en qué me encuentre fijada a la pantalla, lanzo brochazos o atinadas pinceladas, aunque todas ellas son, al fin y al cabo, aspectos de una misma existencia.
Que Dios sea real, brille por su ausencia y su atronador silencio en el mundo, resulta relevante para los humanos, que no una novedad empírica, pero una puta mierda, porque espectadores pasivos sobran.
Cuando un individuo, al no formar parte de Estado alguno constituido ni reconocido, se le despoja de derechos y de su categoría de ciudadano, que no conoce las leyes, porque no las hay, que rigen ese nuevo Estado, ni judicatura alguna donde exigir el cumplimiento de lo que para los fundadores de la llamada República
Recitando a solas, poemas ajenos, evocamos sentires vívidos, presentes o añejos, que no hallan ocasión de dar voz a un mundo interno simplemente humano.
“Dime de qué presumes y te diré de qué careces”, diáfano refrán que retrata fielmente a quien fanfarronea de cualidades y virtudes supuestas que necesita que le sean reconocidas, tal vez para construir desde ahí su fallida autoestima. Nada más patético que alguien halagándose a sí mismo ante otros, que sienten vergüenza ajena, por méritos
Algunos tienen la necesidad de ser tremendamente oleosos, quedar siempre por encima de quien sea, a costa de lo que sea.
De la naturaleza diabólica que todos alojamos se desprenden estrategias maquiavélicas que ninguneen al otro con su beneplácito. Todos somos Lucifer, no lo olvidemos.
Ceder a los impulsos no es debilidad, sino una exigencia merecida para quienes llevan reprimiendo su sentir largo tiempo, ante la desatada descarga de pasiones ajenas, sin ningún pudor ni respeto.